jueves, 6 de septiembre de 2012

Capítulo 2: Homeless en Islamabad

En la entrega anterior había contado lo poco que sabíamos acerca de cómo iba a continuar nuestro propio viaje. No sólo no teníamos idea de cómo ir a Skardu sin Carlos y la camioneta mágica sino que ni siquiera sabíamos que iba a ser de nosotros en Islamabad.


Nuestra última noche en Lahore la pasamos charlando en el balcón, escuchando música brasileña y viendo fotos hasta bien entrada la noche. Nuestro micro partía a las seis de la mañana y, dado que estábamos lejos de la terminal, debíamos partir a las cinco para llegar con tiempo. Para variar, nos quedamos dormidos, ninguno escuchó sus respectivos despertadores y solamente cuando Antonio prendió la luz del cuarto diciendo “Bom dia, sao dez para as cinco” tomamos conciencia de lo tarde que estábamos. Conciencia… quizás sea un poco exagerado utilizar esa palabra. Más bien lo que sucedió fue que yo empecé a gritar “nooooooooooo nooooo” y algunas groserías al estilo del Tano Pasman y así despertando a mis compañeros, que no entendían qué bicho me había picado. Alina toda alborotada trató de explicarme en un matinal rumanspanglish que no habíamos perdido el micro y yo le contestaba que ya lo sabía, que el micro era a las seis pero que nos teníamos que ir de inmediato. Mientras corría de un lado a otro metiendo las cosas en la mochila Michel, tranquilísimo, decide ir a tomarse una ducha (lo mismo había hecho antes del tren). Llegamos corriendo a la estación, cargamos los bolsos y subimos prácticamente últimos. Por algún extraño motivo el llegar tarde a casi todos lados se mantendrá como una constante durante el viaje.


Nos tomamos un bus Daewoo a Rawalpindi, la “ciudad gemela”, a 14 km de Islamabad y de allí una combi a Ia capital del país. Llegamos y no teníamos realmente idea de donde estábamos, nosotros habíamos dado por sentado que íbamos a llegar al centro de la ciudad o a la “terminal”. No, resulta ser que la terminal de micros que usan los Islamabadenses es la de Rawalpindi. También nos enteramos más tarde que no existe tal cosa como “centro de la ciudad” El conductor de la combi nos había dicho que íbamos al G7 y al decirle eso a Carlos me dice “Ana, el G7 es enorme, pasame una dirección más específica por favor”. Sentados en la vereda sin que nadie pudiera decirnos donde estábamos, mirábamos atónitos las calles anchas de una ciudad que se parece más a un suburbio estadounidense que a una ciudad pakistaní. Decido ir a un hotel cercano a hacer algo tan básico como preguntar la dirección. Los chicos esperan en la vereda, Michel sentado como un típico pakistaní.

Obtenidas las coordenadas, mi compatriota nos pasa a buscar. En el camino nos explica que Islamabad, ciudad planificada desde cero, está dividida en cuadrículas, letras hacia un lado y números hacia el otro y dentro de cada una de ella las calles suelen ser números. Por lo tanto una dirección puede ser “Street 8th F6” y como eso no suele alcanzar empiezan “enfrente de este edificio, a la vuelta del parque, etc etc”

Nuestro ángel de la guarda nos lleva a la casa de un colega suyo donde dejamos los bolsos y nos presenta a un amigo que es agente de viajes. Nos ofrece ir al otro día a un pueblo en las montañas junto a una familia alemana. Nosotros, encantados, cualquier cosa por alejarnos de la vida de ciudad y acercarnos a la naturaleza. Mientras tanto, Carlos se va a buscar pan para el asado. Bueno, mañana partimos, todos contentos. Volvemos a la casa donde estábamos para almorzar y yo no podía dejar de mirar la comida como si fuese un cargamento de diamantes. Tal es así que Nicolás me dice “la forma en que mirás la carne y la sonrisa que tenés en la cara me llenan de felicidad”.


Tras charlar sobre los temas obligatorios para las personas que se encuentran fuera del propio país (hace cuánto estás acá, que estás haciendo, donde vivís, te gusta, etc) llegamos al tópico estudios…para descubrir que habíamos ido a la misma facultad! En una mesa de siete personas, cuatro de ellas resultaron haber pasado por las aulas de la Facultad de Ciencias Sociales, tres politólogos y una socióloga en formación se encontraron en Pakistán. A miles de kilómetros de Buenos Aires discutir sobre cátedras y profesores de Sociales resulta algo irrisorio, todavía más si es con personas que uno acaba de conocer!

Continuamos hablando sin parar hasta que llegó el turno de ir hacia nuestra morada por un día, el departamento del amigo de un amigo, donde básicamente nos cambiamos, comimos y dormimos. Estábamos alejados de la ciudad y al recibir la lamentable noticia de que el viaje a Fairy Mellows no podía realizarse decidimos ir a un hostel para, por lo menos, recorrer Islamabad y tener acceso a taxis y lugares para comer. El tema movilidad no es menor, en aquella ciudad es imprescindible tener auto para todo, hasta para ir a comprar una Coca necesitás auto. Al llegar al hotel que habíamos buscado ese mismo día nos muestran las habitaciones y si bien en un principio estábamos decididos a gastar la menor cantidad de dinero posible… vimos la suite y nos enamoramos. Camas enormes, aire acondicionado, heladera, televisor, bañadera, balcón con vista al jardín, mesa y sillas, wi fi.


Ninguno dudó, tomamos la habitación más cara del lugar y disfrutamos de una tarde con las comodidades que tanto extrañábamos. El personal del hostel (o la guest house, mejor dicho) se portó de mil maravillas, ayudándonos con listado de lugares para visitar, restaurantes y se prestaban a cualquier consulta. Les preguntamos cómo estaba la situación para ir a Gilgit y el dueño del lugar nos dice que normal, que podíamos comprar un pasaje de micro para el día siguiente si queríamos. Sentíamos que ahora sí teníamos las riendas sobre nuestro destino, no parábamos de decirnos a nosotros mismos “desde un comienzo tendríamos que haber hecho esto!”







Pasamos la tarde decidiendo a dónde ir cuando recibo un mensaje totalmente inesperado de Nauman, un amigo de Karachi, diciendo que está en Islamabad por un día y que se enteró por Ingrid que nosotros también; nos pregunta si queríamos salir a la noche. Le contamos que pensamos recorrer la ciudad, nos encontramos en la mezquita Faisal, una de las mezquitas más grandes del mundo y de allí nos vamos al Pakistan Monument. Nuestro amigo se peleó con los muchachos de la entrada para hacernos pagar como pakistaníes, no entendemos urdu pero el tono de voz iba in crescendo y los gestos no eran muy amigables. La diferencia de precio era notoria, pero decir que teníamos doble ciudadanía era algo totalmente impensado para nosotros. Créase o no, pagamos 20 rupias para entrar (0,20 dólares) y Nauman nos terminó agradeciendo por llevarlo allí, no conocía el monumento y estaba encantado.






Fuimos a cenar a un restó de comida italiana, donde nos quedamos charlando tanto que no nos dimos cuenta de la hora. ¿Cómo volver al hotel? Nadie pensó en eso, el restaurant cerrado y sin taxis a la vista empezamos a caminar por Islamabad hasta que nos dicen que íbamos en la dirección contraria. Sin dejar de reírnos retomamos nuestro punto de partida y encontramos un taxi que nos llevó de vuelta. Jugamos a los anfitriones y durante toda la noche le decíamos a Nauman “now come to our place, you’re our guest”, nos negamos reiteradas veces a aceptar la plata que nos daba por apenas unas horas que iba a pasar con nosotros antes de irse al aeropuerto. La segunda frase más escuchada en el viaje fue “Feel comfortable”, con la cual también nos reíamos porque era expresada en tono de orden… lo cual claramente generaba el efecto contrario.

Al día siguiente Michel y yo teníamos nuestros pasajes ir a Gilgit, a la tardecita salía nuestro micro. La situación se había tranquilizado, compramos los pasajes y arreglamos para encontrarnos con Shaza y Bilal (dos aiesecers de Karachi que recién llegaban a Islamabad para un proyecto) y otros amigos de ellos que no conocíamos. Alina prefirió quedarse en Islamabad con ellos. Nos despedimos muy emotivamente, prometo mandarle dos mensajes de texto por día contándole como estábamos y nos dirigimos a la estación con Ashan, el amigo de una chica de Polonia que estaba haciendo su internship en Lahore. Explico esto porque el chico nos brindará grandes sorpresas más adelante sobre todo teniendo en cuenta que lo habíamos conocido de una manera completamente aleatoria. Llegamos a las corridas –para variar- a la terminal de Rawalpindi y al acercarnos a la empresa nos empiezan a hablar en urdu a toda velocidad, no entendíamos nada, pero creíamos que no era algo bueno. Ashan nos traduce: todos los micros que van al Norte fueron cancelados. Hubo muchas lluvias así que hay peligro de derrumbe y no es seguro quedarse en el medio de la ruta.

Nos subimos a un taxi, bastante decepcionados, cansados, con mucha bronca y ya totalmente resignados. Michel me mira y me dice: “es el destino… o al menos eso es lo que diría mi mamá”. Lo miro fijo a los ojos, asiento con la cabeza sin poder hablar al principio y luego respondo que exactamente eso es lo que diría mi madre. Me reclino en el asiento, observo las calles-casi-autopistas, las luces y los autos último modelo que pasaban al lado de nuestro taxi mientras la voz de mi mamá me taladraba el cerebro. Sé que es algo físicamente imposible pero escuchaba "Ana, todo pasa por una razón, si no podés viajar al Norte por algo será, dejá de insistir" con su tono de voz, sus pausas, sus palabras tenían una sonoridad y una textura tan fuerte que era impresionante. Cerraba los ojos y la veía en la cocina de mi casa, cruzando y moviendo las manos, diciendo "no podés Ana, LISTO, dedicate a conocer los lugares a los que sí podes ir, priorizá y cuidate a vos misma"







PRÓXIMO CAPÍTULO Capítulo 3: I need a plan!
Adelantos: cena inesperada de Eid en la casa del dueño de una importante empresa, el hotel más sucio del viaje, cumpleaños tradicional en un pueblo y mucho más!

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